Más allá de las apariencias

Lizzie Velásquez, una joven de Texas que está por cumplir sus veinticinco años, fue definida y presentada malévolamente en las redes sociales, por algunos compañeros de escuela cuando era adolescente, como «la mujer más fea del mundo». La cuestión es que, a causa de una enfermedad congénita muy rara, no acumula nada de grasa en su organismo, y por este motivo no ha superado nunca los 29 kg de peso, aunque es más bien alta. Desde su nacimiento estaba estigmatizada, ya que los médicos le diagnosticaron que nunca podría hablar, andar, pensar o hacer nada por ella misma. Sin embargo, no fue así; y a pesar de ver sólo por un ojo y numerosas dificultades que ha tenido que afrontar, Lizzie, contando siempre con el apoyo y el afecto de sus padres, católicos practicantes, ha podido abrirse un camino y llevar a cabo sus sueños. Ha terminado estudios universitarios, ya tiene tres libros publicados y una intervención pública el pasado 5 de diciembre, colgada en YouTube, ha sido visualizada hasta el momento por más de seis millones de personas.

Lizzie cuenta que sus padres no se preguntaron por qué les había tocado a ellos una hija así, sino que decidieron amarla tanto como podrían. Reconoce que de pequeña quería ser diferente y rezaba pidiendo esto, hasta que entendió que no debía dejar que la enfermedad la definiera a ella misma como persona y reconoció en ello una especial bendición de Dios. Es conmovedora su llamada a ser siempre positivos: «Eres tú el que defines tu vida. Eres tú el que está sentado al volante del coche de tu propia vida. (…) Utilizad vuestra negatividad para ser mejores, y siempre ganaréis. He tenido una vida realmente difícil, pero estoy agradecida.»

Detrás de un rostro a primera vista poco agradable, hay una gran mujer que ha sabido cultivar la verdadera belleza, la que viene de lo más adentro del corazón de una persona, y que ha conseguido transformar las propias limitaciones físicas en una oportunidad para dar lo mejor de sí misma y ayudar a otras personas, más o menos acomplejadas por supuestas condiciones desfavorables, a salir del propio agujero negro.

Consideramos y clasificamos demasiado fácilmente a las personas por la primera impresión que nos hacen; y esto, por lo menos desde la óptica evangélica, es siempre un error. También nuestra autoestima depende demasiado a menudo de lo que los otros piensan o dicen de nosotros. Y sean cuales sean las apariencias, tanto en nosotros mismos como en los demás, la verdad más profunda es que tal como somos, y en cualquier situación que nos hallemos, somos capaces de amar porque somos amados incondicionalmente por Dios; y darnos cuenta de esto y vivir consecuentemente, es lo que embellece de verdad.

Cinto Busquet
Puigcerdà, febrero 2014

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